viernes, 17 de mayo de 2013

De Caspe a Ordesa por el meridiano de Greenwich

Hace bastantes años que se me ocurrió esta idea. Una idea peregrina en el más estricto sentido de la palabra: recorrer el meridiano de greenwich desde el Ebro hasta la alta montaña, a pie, y ver "que hay por ahí". Este año me he decidido y lo he hecho. Dejo aquí unas pocas fotos seleccionadas.

1ª jornada: Caspe - cerro Crispín

 Embalse de Mequinenza, con Caspe al fondo

Paisaje de los montes de Caspe

2ª jornada: Cerro Crispín - campos al norte de Peñalba

 Alba en Crispín Camp
 paisaje del Bajo Aragón
 Impresionismo en los Monegros

Laguna de agua salada de Las Amargas
Minimalismo en los Monegros


3ª jornada: Campos al N de Peñalba - Villanueva de Sijena


 cortafuegos - jardín en la sierra de Sijena

paso de Lalera, en la sierra de Sijena


4ª jornada: Villanueva de Sijena - Berbegal

 Monótonos, interminables regadíos al N de Villanueva de Sijena

 Slow Train Coming... a Terreu

El Somontano me da la bienvenida con las primeras carrascas en el saso de Terreu

5ª jornada: Berbegal - Radiquero


Tras la tormenta viene la calma, y tras el Somontano, la sierra de Guara


"Boulders" de areniscas en Mayuelo

 Kilómetros a través de la cebada, hacia Peraltilla

 Viñas viejas del Somontano, camino de Huerta de Vero


LLegando a Adahuesca, casi se toca la sierra...y Alquezar.


6ª jornada: Radiquero - As Bellostas


Mesón de Sevil. Vivían de dar servicio a los pastores trashumantes. Aire fino y frío de montaña, por fin.

 Interior del Mesón de Sevil. Una joya de refugio.

 Sierra de Sevil

 Cañón de Balcés

 Cuevas de Sasa, lugar clave en la trashumancia

 Pradería en As Bellostas

 As Bellostas. Autorretrato en chancletas sobre hierba fresca y mullida.

 As Bellostas. "Petit hotel" bajo el campanario.

Apurando la última luz, la última hierba, la ¿última oportunidad de mantener viva una cultura?

7ª jornada: As Bellostas - Jánovas

El Meridiano de Greenwich también pasa por Puimorcat

 Mesón de Fuebla, otro hito en las grandes cabañeras del Pirineo. Ropa tendida, como banderas de resistencia.

Prados bien pastados por ovejas, en Casas de Aguilar

 Paradisíaco, pero gélido...

 San Felices de Ara. La dueña, de unos 10 años, del camioncito sobre la silla tiene una perra que se llama Lassie. Le regaña por "irse con desconocidos" cuando el animal me sigue.

 Jánovas




8ª jornada: Jánovas - Nerín

 Casas de San Martín de la Solana

 Algunos pueblos de la Solana, vistos desde Campol: de arriba a abajo: Burgasé, Geré y Sanfelices (de la Solana).

Vista al sur del meridiano de Greenwich comenzando a subir la sierra de Bolave

Sierra de Bolave. Los pastos bien pastados son el mejor cortafuegos

Refugio en la cima de Comiello. A una jornada del puerto de Góriz.

9ª jornada: Nerín - Torla

Albergue Añisclo, en Nerín. Regentado por la buena gente de Casa Chuan.

En a Portialla entro en el paisaje de alta montaña, hacia Cuello Arenas.

Cuello Arenas, al fondo Mondicieto.

Cima norte de Mondicieto

Otro sueño cumplido

En lugar de seguir hasta Góriz, renuncio a la última jornada y bajo a escape hasta Torla, porque un marrón con muy mala leche ya tapa Mondicieto y Sierra Custodia.

Cruzo pinares, abetales, avellanares, hayedos, esta tarde de mayo, bajando a Torla, mientras no para de llover mansa y lentamente, con paciencia, como he caminado durante estos nueve días. Humedad en el aire, en las hojas, sobre la mochila, sobre el anorak, bajo el anorak, sobre la piel, bajo los párpados, sobre las córneas...

...y la niebla cubrió las montañas.

lunes, 29 de abril de 2013

Un pequeño silencio blanco




Asciendes rítmica y lentamente sobre la nieve, que sigue cayendo. Concentras tu mirada en las espátulas y en la manera en que éstas crean la huella. Adelante y atrás, a izquierda y derecha, un silencio blanco. Un silencio que evoca el gran relato de Jack London en las llanuras heladas del territorio del Yukón, aunque comparado con aquello, esto sea un juego. Niebla, nieve, frío, viento, nubes, pero sobre todo silencio. Aún te parece más callado el silencio con las casetas cerradas y los remontes de la estación de esquí parados.

Hoy te has levantado temprano y no has podido o querido quedar con algún compañero para hacer la excursión. Es una salida brevísima, de un par de horas. Otros van en bicicleta, a la piscina, al cine o a ver un partido de fútbol al bar. Tú estás aquí, a las siete y media de la mañana, subiendo una montaña domesticada, un domingo de ventisca a 3 grados bajo cero, sudando y mirando cómo las espátulas de tus esquís desvirgan la ladera nevada. Notas cómo poco a poco el vientre se te va ahuecando, a la vez que los muslos se te hacen más densos. Los pulmones siguen ventilando obligados por tu mente, que se concentra en acompasar la respiración al movimiento de las tablas, fijaciones, botas, piernas y brazos. Te vas adentrando en una niebla cada vez más espesa. Usas tus dotes de montañero para buscar, usar y recordar como puntos de referencia los objetos artificiales de la estación de esquí. A la vuelta, con esta densa niebla, sólo tu huella te servirá para saber por dónde bajas y deberás hacerlo despacio, sin perderla de vista, mientras das giros de seda en la nieve reciente. Es la ley de la montaña, la ley que amas y respetas: Si te sacrificas, tienes tu recompensa; si te equivocas, pagas un precio; si sufres, es porque tú quieres; y quieres; y sufres; y gozas. Nadie se aprovecha de ti; a nadie le debes nada. Nadie te pide nada que no quieras dar. No tienes que pensar a quién afectarán tus decisiones. Estás felizmente solo. En este momento tú eres, nada más y nada menos, tú mismo. En tu pequeño silencio blanco.

miércoles, 24 de abril de 2013

El unicornio, algunos errores y al buen tiempo Malacara



Subía muy temprano de Villanúa hacia la Trapa y reparé en que el vallado del sembrado en el Costado de Letranz era más alto de lo normal. Deduje enseguida que sería para evitar la entrada de los ciervos, frecuentes en la zona y hábiles saltadores. Un kilómetro más arriba me topaba con la prueba: una esbelta cierva posaba tranquila en mitad de la pista. Con sus grandes orejas, y su hocico alargado, su rostro me miraba de frente, mientras me ofrecía a la vista el flanco derecho del resto de su cuerpo. Bajé la marcha del coche, pero no lo detuve. En cuanto franqueé su distancia de seguridad, sus largas patas como muelles la propulsaron ágilmente hacia el desmonte y se perdió de mi vista dentro del espeso sotobosque de boj bajo los pinos royos.

Dos curvas antes de llegar al refugio de la Espata tuve mi segundo encuentro, esta vez más simpático aún. En un claro del bosque, junto a la pista, un pequeño corzo huyó del ruido de mi coche. Solo corrió unos pocos metros, y al salir de la próxima curva, allí estaba, a pocos metros de la pista, bien visible, quieto, observándome. Paré el coche, pero no el motor. El animal no se movió. Pude verlo bien, despacio. Era pequeño, el pelaje de un color gris sucio, con el aspecto andrajoso de los animales que están mudando. En su cabeza, como una antena de los antiguos móviles, sobresalía un solo cuerno de un lateral, apuntando hacia arriba y sin ramificaciones. Era el más destartalado de los unicornios que se hayan visto jamás. Pero tenía sentido del humor. Simplemente estaba esperando a ver si tenía yo ganas de sacarle una foto. Claro que las tuve, y salí del coche; abrí el maletero; abrí la mochila; saqué la funda con la cámara de fotos; la desenfundé; volví al frente del coche desde donde lo había estado observando y me dispuse a obtener mi trofeo fotográfico de la jornada. Pero ya no estaba. No sé si los unicornios se ríen, pero en ese momento en el pinar de la Trapa había uno disfrazado de corzo que me había tomado el pelo bien.

Mi intención era subir con esquís al monte Somola Bajo desde el collado de Marañán, que se ve desde el refugio de la Espata. Pero ya desde el coche ví que faltaba nieve en un buen tramo por encima del collado. Me sorprendió, pues pocos días atrás me había parecido ver esta loma bien cargada de nieve. Ese fue mi primer error. Después pensé cambiar de objetivo y seguí hasta el punto donde se toma la subida hacia Collarada. Era un objetivo más costoso, y yo quería volver pronto a casa esa mañana. Salí del coche, saqué los esquís, y cuando fui a colocar el permiso para las pistas en el salpicadero, ví que estaba caducado. Ese fue mi segundo error. Ante la posibilidad de que subiese alguna autoridad y me denunciase, opté por renunciar a la zona y marcharme hacia Astún. Una vez allí, desde el aparcamiento, ascendí por la pista paralela al barranco de Truchas hasta el punto donde hay que desviarse para subir al pico Malacara. La nieve estaba dura, y fuera de las pistas había flanqueos algo empinados. Fui a sacar las cuchillas; abrí la mochila y rebusqué, pero allí no estaban; me las había dejado en el coche. Ese fue mi tercer error.

Sin embargo, la subida fuera de la estación hasta el pico Malacara es el mejor recuerdo que tengo del día. Al pico se llega recorriendo hasta su cúspide un pequeño vallecito, inclinado arriba pero cuya pendiente se atenúa hasta llanear en su parte baja. Con algo de tensión porque podía resbalar en cualquier momento pero sin ningún peligro serio, fui llegando hasta la suave cresta. Allí me esperaba una galería de pequeñas esculturas en hielo formadas por la ventisca de sur sobre los cepellones del siso, que aguantaban sin fundirse en su helada rigidez a pesar de llevar varias horas bajo el sol. Hacia el pico de Canaurouye, la cresta era una sucesión de cornisas amenazadoras. Admiré una vez más la Canal Roya, el Anayet y todo lo demás, en una plácida mañana soleada y sin viento. Sobre la nieve compacta, lisa y dura, bajé a base de giros crujientes, en pocos minutos hasta el coche. Solo quedaba disfrutar del café con leche en Canfranc, a media mañana, y volver a casa satisfecho. Al buen tiempo, Malacara.

esculturas de hielo

 cornisas
 Canal Roya